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sábado, 20 de junio de 2015

Enamorados de Gades

Parafraseando a Stella Arauzo, Directora Artística de la Fundación Antonio Gades, estamos enamorados del Maestro.
Si no lo conocéis, os preguntaréis por qué, y aquí lo podréis descubrir.
Si lo conocéis, seguro que os gusta escuchar nuestras razones.

Hoy hablamos con Juan Manuel Lillo, bailarín alicantino que, además de haber bailado con las mejores compañías del país, fue componente de la Compañía Antonio Gades, que nos hablará de cómo era trabajar con él, qué aprendió, en qué le ayudó.

Stella Arauzo nos ha concedido también una entrevista para hablarnos de la Fundación que él dejó, cómo y para qué trabajan.

Y para todo ello nos acompaña Teresa Mondría, recién graduada en ESO, estudiante de piano en el Conservatorio Profesional José Tomás de Alicante, y futura periodista.



Teresa vio un documental sobre Antonio Gades que le gustó mucho: La ética de la danza, que emitió La 2 en el programa Imprescindibles. Si queréis, aquí podéis verlo, y podréis ampliar la información que os dejamos en nuestro programa.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Maestra de Maestros

El 25 de marzo de 2008 nos dejó Pilar López, Maestra de Maestros.

Había nacido el 4 de junio de 1912 en Madrid. Con cinco años ya le hizo un homenaje en Santander a su hermana mayor, La Argentinita. Y con 11 años inició su carrera independiente, y viajó llevando el Flamenco a todo el mundo. Aunque hay quien piensa que era algo mayor, ya que se cree que la fecha de nacimiento era aún anterior.

En 1943 estrenó en Nueva York, después por todo EEUU, El Café de Chinitas, en el Metropolitan Opera House, con la Compañía que tenía con La Argentinita.

En su Compañía propia, que creó tras la muerte de su hermana en 1945, integró a prestigiosos bailaores como José Greco o Manolo Vargas, guitarristas como Ramón Montoya y figuras como Pastora Imperio. Y en los 60, se incorporaron Mario Maya, El Güito y Antonio Gades. Siempre en ascenso, los años 70 fueron el cénit de su carrera, y sus visitas a Japón y Oriente Medio fueron habituales.

Tengo que decir que tuve el inmenso placer de verla, con más de 90 años, en el homenaje que se hizo a Antonio Gades un año después de su muerte. Y recuerdo, con la piel de gallina, cómo esa mujer, anciana, menuda y triste, dedicaba unos pasos de baile, sin apenas poder caminar, pero crecida en su escenario, a su alumno. Y cómo la sala, en pie, aguantaba la respiración, para dar paso después a una inmensa ovación: no solo obtuvo premios como la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes, o la Cruz y el Lazo de la Orden de Isabel la Católica (por mencionar solo los españoles) sino el respeto y el cariño de la profesión al completo. Y en vida, como debe ser.